Especies en espacios. Un prólogo nada necesario.

(Aproximándose a la mesa de caoba rectangular adornada con una escultura en aluminio de unos glúteos masculinos, Telesforo alaba interiormente la procedencia de la madera, palpando sus aristas mientras observa las posaderas de adorno. Sus dedos recorren el friso tallado del lateral, bucles curvados que se ensanchan en su extremo. Le recuerdan a una clave de sol, y rememora su eterna dificultad para trazarlos mecánicamente al inicio de las partituras. Las butacas, dispuestas de maneras irregular -tres en un lateral, una en el extremo izquierdo y la última en el lateral opuesto- no casan con la fina elaboración de la mesa. Son butacas ultraergonómicas, cinco copias de la Silla Barcelona de Mies van der Rohe, pero tapizadas en cuero sintético color burdeos y equipadas con unos reposabrazos. Telesforo se extiende a lo largo y ancho de la silla central en el lateral atestado de asientos. Se sentiría como el rival a batir aislándose del calor humano, y además, desea percibir el aroma avainillado de Artemisa Manuel cerca de él, aprovechar los momentos de distensión para ladear la cabeza e inspirar profusamente sobre sus cabellos azafranados. Ciertamente se siente cómodo así, propalando su extensa colección de parafilias.)

– Nombres, nombres, nombres, venid hacia aquí, queridos nombres. Esa es vuestra seña de identidad, la marca comercial – murmura Telesforo a la espera de sus contrincantes.

(Los siguientes en llegar son Valentín Morabito y Alberto Medinabeitia. Conversan muy pegados sobre cuestiones académicas. y los pies de Medinabeitia, ligeramente combados hacia el exterior, tropiezan con los zapatos de Valentín, que ni se inmutan de la invasión de terreno. Recordemos que ambos son funcionarios de clase A, sus poses nos recuerdan a las películas de Sergio Leone, o a comportamientos plagiados del hampa. Se sienten superiores. No tardarán en hacérnoslo saber. Valentín toma asiento en el extremo y Medinabeitia prefiere la libertad de movimientos del lateral desocupado. No obstante, Alberto se bambolea como un obeso mórbido, y encájase en la butaca con más problemas de los esperados. Para sacarle de ahí los bomberos tendrán que amputarle ambas piernas con una motosierra.)

(Artemisa Manuel da un respingo a su llegada. No le complace demasiado compartir el mismo oxígeno que Telesforo. Por todos es conocido el aprecio rayano a la perversión por parte del siempre desesperante T. Aunque de su boca afloren los insultos como hongos cuando se la menciona. Es el odio hacia la persona amada, sí. Le arrancarías los pendientes de las orejas seccionando los lóbulos mostrando una sincera ternura entrambos labios. La amarías mientras imaginas el mejor lugar para hendir el cuchillo: entre la tercera y cuarta costilla. Matar el amor para tener la seguridad de la eternidad.)

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Inicio: Desdoblamiento

Promuevo tajantemente que algunos siervos de la gleba literaria redacten por mí. Éstos son sus nombres. Éstas son sus propuestas. Sus inhibiciones. Sus no-historias.

Adiós.

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Valentín L. Morabito: “Reflexione. Re-flexione. Vuelva a flexionar.”

La práctica de la intelectualidad, en opinión de un amplio sector del lumpen, supone un acto supremo de soberbia en unos tiempos donde se premia el trabajo repetitivo de dos fases: abrir y cerrar párpados. Las revelaciones del destino creativo ulterior llegan a nuestros remitentes en forma de apócope ininteligible. Hemos abierto demasiado la compuerta del conocimiento, y desde hace varios siglos que en estos confines se exterminó el concepto del “sapere aude”. Reniego de un posible contagio, la pandemia de las exégesis banales y embrutecidas, la condena del “tiempo líquido”, en palabras de Bauman. Mis tiempos de agregado cultural en regiones donde la diosa Ceres jamás hubiera osado derramar una sola lágrima me han hecho comprender que el consumidor cultural tiende al comportamiento justiniano y se empece en unos ideales fijos que corresponden a una partitura liviana, rítmica y distraída. Una ración de cavilaciones, el desagüe de la plebe. Pienso tocar todas las teclas al unísono, y cada ser podrá percibir la gradación del estruendo.

Telesforo: “Un lector desaforado, oligofrénico, ávido.”

Menuda nómina de paniaguados la que os vais a encontrar. ¿Señores, señoras? Lo dejaremos en CIFRAS.

No os dejéis engañar por los bucaneros a sueldo de Prisa o Unidad Editorial con sus titulares trimestrales y sus editores transnacionales aflorando sus motitas cristalinas de tristeza, los agentes literarios aliviados en cierta parte porque sus blanqueamientos dentales duran una eternidad. Desaparecieron las manchas de vino, sangre, tabaco negro y semen; las cuentas enflaquecen. Los lectores desaparecen, las librerías se hunden y a Pérez-Reverte no le ha funcionado del todo bien ese estilo a medio camino entre Lázaro Carreter y el Hemingway más putero. Entonces, ¿la escritura debe implosionar tras, pongamos, tres mil años de historia? ¿Me deben entristecer los fracasos editoriales de Planeta? Ya lo dijo Lara en una ocasión: “La mierda que publico no la encontrarás en mi hogar. Esas estanterías son propiedad de Fainé” Dejemos el espectáculo para los amantes del pan y el circo, los impávidos asistentes al universo que se desmorona varias veces en medio segundo. Disfrutamos el pasado, poseemos el presente, nuestras lápidas son el futuro.

Patrick Prunckt: “Debemos comunicarnos con el lector sin dirigirnos a Él”

Mi compañero generacional Valentín sigue exponiendo una visión de la crítica literaria, en su coyuntura general, exageradamente chauvinista. Pretende erigirse en un docto declamador de las bondades de Saint-Simon, Sainte-Beuve o los Gallimard, aprisionando la teoría literaria y metamorfoseándose al mismo tiempo en un patizambo defensor de la crónica barroca como arte escénica, como aquellos iniciadores del periodismo moderno, ganando su jornal diario por cada palabra que aparece finalmente en la tirada matutina o vespertina de la gaceta correspondiente. Menudo condenamiento para todos aquellos profesionales que transportan su explosividad en las alforjas que van transportando sobre el costillar, regalo de la facultad de filología en lugar de la orla o el diploma acreditativo. Ustedes, teóricos y teóricas, son la encostradura de un arte que siempre ha necesitado la supuración, y cobijados en el propósito de la sanación, están gangrenando su perdurabilidad. Y ustedes [los críticos anquilosados por el aburguesamiento] serán los primeros en ser amputados.

Alberto Medinabeitia Martínez: “Era un placer. Hasta que a mi mujer le dio por imitarme”

Me gané el cielo, con muchísimas dificultades. La imaginería de juventud dejó paso a una cohorte de agentes y editoriales que arteramente me colocaron la collera sin que nada pudiera hacer. Quería ser inmemorial pero hace tanto tiempo que los autores españoles no rebasamos la catalogación de “autores españoles” que ya no nos importa explotar esta senda. Por suerte a veces nos confunden con los realistas mágicos latinoamericanos aunque no dejemos de ser unos guerracivilistas. Tampoco pasamos hambre. Tarde o temprano interceptamos una teta gubernamental o nuestro editor de confianza quiere relanzarnos como un “clásico de la literatura nacional desde la clausura del franquismo”. Y entre la apertura de centros culturales, nuevas publicaciones y el pellizquito siempre bienvenido por la reedición de otro “clásico de la literatura nacional desde la clausura del franquismo” en bolsillo, en papel no reciclado de dudoso gramaje -sin olvidar las adaptaciones al cine- éstos han conllevado nuevas subvenciones, premios, reconocimientos y ágapes. Mi sobrepeso es excepcional. Ahora puedo dedicarme a tiempo completo tanto a inauguraciones como a degustaciones desde que a mi mujer le dio por enarbolar la bandera del progresismo en el diario de un compañero de juergas. Escribe obras para la adolescencia anormal de este siglo, pero últimamente le voy advirtiendo: “Cariño,  no me abres el María Moliner desde la matanza de Srebenica”. Este es el público que deberá seguir engrosando mis tripas, requiere ser orientado.

Artemisa Manuel: “Formo parte de una organización inexistente. En eso consiste la contracultura, ¿verdad?”

Se supone que del pasado solo podemos notar el amargo reflujo de la obsolescencia, mientras que el presente y el futuro se unen en la virtud y la esperanza. Pero si toda la sabiduría existente procede de cada desdeñado precedente, ¿hacia qué lugar debemos ser destinados? A los nuestros solo les queda el don de la ubicuidad y una permanente abiotrofia. Bonitos cuerpos, almas segadas. Cometemos los mismos errores que nuestros antecesores pero los wrongdoers siempre seremos los rezagados en la línea sucesiva de la intelectualidad local. Por consiguiente, nuestros adversarios observan bobaliconamente el meato verbalizador y sólo… no, tampoco. Apoyar cada corriente supondría un ejercicio de flaqueza (para los que se consideran contrincantes en cualesquiera que sea su ámbito principal) y el listado de vaciles e improperios para quienes prosiguen con una creatividad fundacional es amplio, pero no está a la altura de una supuesta sagacidad entre tales clanes. Repetidamente apartan, mas repetidamente aglutinan, fortalecen.

Los botones de las camisas

de ojales reducidos;

cuerpos inertes,

órganos sacudidos.